¿PARA QUIÉN ES LA DIRECCIÓN DEL APRENDIZAJE? ¿PARA EL ESTUDIANTE O PARA EL SISTEMA QUE LO ORGANIZA?

El cuadro parece simple, pero en realidad es incómodo si uno lo mira sin complacencia. No es una escena de aprendizaje inocente: es una escena de dirección, imposición y tensión entre saberes.
Desde un enfoque filosófico, la figura del adulto que apunta hacia arriba encarna una idea clásica del conocimiento como ascenso: aprender sería “elevarse”, acercarse a una verdad superior. Esto recuerda a la tradición platónica, donde educar es sacar al sujeto de la ignorancia hacia la luz. Pero aquí hay algo perturbador: el gesto no invita, ordena. No hay diálogo, hay señalamiento. La verdad no se construye, se indica.
Las flechas refuerzan esta lectura. Hay dos, paralelas, pero no iguales. Una más grande, dominante; la otra más pequeña, subordinada. ¿Dos caminos? ¿Dos formas de conocimiento? Podría leerse como la coexistencia de saberes: uno hegemónico (formal, escolar, “correcto”) y otro silenciado o secundario (local, cultural, ancestral). Sin embargo, ambas apuntan al mismo destino, como si toda diversidad estuviera finalmente obligada a converger en una única dirección legítima.
Pedagógicamente, la escena es aún más provocadora. Los niños no miran hacia donde el adulto señala: están concentrados en el libro. Y no es un detalle menor. Aquí emerge una tensión fundamental:
El docente apunta hacia un ideal abstracto.
Los estudiantes están anclados en la experiencia concreta de aprender.
Esto plantea una pregunta incómoda: ¿para quién es la dirección del aprendizaje? ¿Para el estudiante o para el sistema que lo organiza?
La presencia de la mujer con los ojos vendados introduce otra capa crítica. Puede interpretarse como la tradición o la cultura, que transmite saberes sin ver —sin cuestionar— o como una justicia simbólica que, paradójicamente, no está mirando el proceso educativo. También podría ser la representación de una comunidad que participa del acto educativo pero no tiene voz en la definición de su rumbo.
Así, el cuadro puede leerse como una crítica a la educación vertical:
Donde el conocimiento es impuesto y no dialogado.
Donde hay jerarquías entre saberes.
Donde el estudiante ocupa un lugar pasivo, aunque en la práctica resista esa pasividad (leyendo, concentrándose, apropiándose).
El aguijón de la provocación puede ser:
¿Y si el verdadero acto educativo no estuviera en seguir la flecha, sino en cuestionar quién la dibujó y por qué apunta hacia allí?
(Por cierto el cuadro, cuyo autor firma CHC se encuentra en la casa de mi hermana Carla, en Oruro, mi padre lo adquirió hace ya algunas décadas, esa obra en la pared de la sala fue prácticamente testigo de nuestra niñez y adolescencia en ese espacio para las tareas, lecturas y diálogos, quizás fue una meta interpretación)