Hay días en los que me siento capaz de conquistar mis sueños. Me levanto con la convicción de que el esfuerzo, la preparación y la perseverancia me conducirán al lugar que deseo alcanzar. Sin embargo, también existen días en los que mi mente se convierte en un campo de batalla silencioso.
En esos momentos aparecen pensamientos que me abruman, que cuestionan mis capacidades, que me recuerdan las pérdidas, los fracasos, los temores y las incertidumbres del futuro. He intentado comprender el origen de estos momentos y, en parte, los atribuyo a una etapa natural de la vida como la menopausia. Pero sería simplista pensar que todo se reduce a una condición biológica.
La realidad es que todos llevamos dentro un monstruo invisible. Algunos lo llaman ansiedad, otros tristeza, angustia, depresión, miedo o agotamiento emocional. Yo prefiero llamarlo "los demonios internos", porque representan esas voces que nos debilitan cuando más necesitamos sentirnos fuertes.
Afortunadamente, cuento con herramientas para enfrentarlos. Mi formación como trabajadora social, una maestría en psicología y el proceso doctoral que actualmente curso me han permitido comprender que la salud mental es tan importante como la salud física. También tengo el privilegio de contar con redes de apoyo: amigos, colegas, familiares y profesionales que saben escuchar sin juzgar.
Pero cada vez que reflexiono sobre mi propia experiencia surge una pregunta inquietante: ¿qué ocurre con quienes no tienen nada de eso?
¿Qué pasa con la mujer que vive sola y enfrenta la menopausia en silencio?
¿Qué ocurre con el adolescente que no encuentra a nadie que valide sus emociones?
¿Qué sucede con la persona cuya propia familia es fuente de sufrimiento, violencia, humillación o abandono?
¿Quién acompaña a quienes no tienen recursos económicos para acceder a atención psicológica?
La respuesta es dolorosa: muchas veces nadie.
Como sociedad seguimos teniendo una enorme deuda con la salud mental. Seguimos creyendo que buscar ayuda es una señal de debilidad. Continuamos utilizando términos como "loca", "histérica", "exagerado" o "problemático" para descalificar a quienes tienen el valor de expresar su dolor. Todavía nos resulta más fácil criticar que escuchar.
Desde mi experiencia profesional he visto cómo las heridas emocionales pueden ser tan incapacitantes como una enfermedad física. He observado mujeres víctimas de violencia que ya no reconocen su propio valor, niños que han aprendido a sobrevivir en lugar de vivir y familias enteras atrapadas en ciclos de sufrimiento que se transmiten de generación en generación.
Sin embargo, también he sido testigo de algo esperanzador: la capacidad humana para reconstruirse.
La salud mental no consiste en no sufrir. Consiste en reconocer el sufrimiento, pedir ayuda cuando es necesario y construir redes que nos permitan sostenernos cuando sentimos que vamos a caer. Nadie debería enfrentar sus demonios en soledad.
Quizá la verdadera locura no sea hablar de nuestros miedos, sino seguir fingiendo que no existen.
Por eso hoy escribo estas líneas. Porque incluso quienes trabajamos acompañando a otros también necesitamos ser acompañados. Porque los títulos académicos no nos hacen inmunes al dolor. Porque los profesionales también lloramos, dudamos y nos sentimos agotados.
Y porque tal vez, si empezamos a hablar con honestidad de nuestra salud mental, ayudemos a que otras personas comprendan que no están solas.
Nuestros demonios existen. La diferencia está en si decidimos enfrentarlos en silencio o construir puentes para acompañarnos mutuamente en el camino.
"Hablar de salud mental no nos convierte en personas débiles. Nos convierte en personas conscientes. El verdadero peligro no está en reconocer nuestros demonios, sino en dejar que crezcan en el silencio."
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