DEL TRANSISTOR AL ALGORITMO: UNA RESPUESTA RURAL A PISA 2025

"Colombia no necesita elegir entre libros y pantallas. Necesita enseñar a sus jóvenes a leer con profundidad, pensar con criterio y usar la tecnología sin entregarles el pensamiento".
Juan Sebastián Murillo Sarmiento
Docente PDET y Tutor PTAFI 3.0 | Tolima, Colombia

Los resultados de PISA 2025, publicados por la OCDE el 8 de septiembre de 2026, volvieron a poner a Colombia frente a una conversación incómoda. Solo el 29 % de los estudiantes colombianos de 15 años alcanzó al menos el nivel básico de desempeño en matemáticas; en lectura lo hizo el 46 % y en ciencias, el 50 %. Estamos por debajo del promedio de la OCDE en las tres áreas. Son cifras que preocupan y sería irresponsable minimizarlas. Pero también sería un error convertirlas en una sentencia sobre nuestros jóvenes, nuestros maestros o nuestras escuelas.


Hay un matiz importante: entre 2022 y 2025 los resultados promedio de Colombia se mantuvieron relativamente estables. La OCDE advierte, además, que parte de la caída observada frente a 2018 en matemáticas y lectura coincide con una mayor incorporación de adolescentes históricamente marginados al sistema escolar. Es decir, el espejo de PISA muestra dificultades reales, pero también un país que ha ampliado el acceso. La discusión, entonces, no debería reducirse a preguntar quién tiene la culpa o en qué puesto quedamos. La pregunta útil es otra: ¿qué debemos hacer para que estar en la escuela signifique realmente aprender?


Figura 1. Evolución del desempeño promedio de los países de la OCDE en ciencias, lectura y matemáticas, 2000–2025.

Fuente: OECD (2026), PISA 2025 Results (Volume I). Gráfica difundida por El Cronista.


“PISA no debería ser el final de la conversación, sino el comienzo de una reconstrucción educativa.”
No es una generación menos inteligente: es una generación con la atención en disputa
Uno de los hallazgos globales más inquietantes de PISA 2025 no está solamente en los puntajes. La OCDE encontró que las dificultades aumentan especialmente cuando los jóvenes deben sostener la atención sobre textos más largos, integrar información y evaluar críticamente varias fuentes. Entre 2018 y 2025 crecieron las respuestas rápidas e incorrectas y la proporción de lectores que contestan con prisa prácticamente se duplicó. El problema no es menor: en la era de la inteligencia artificial, justamente necesitaremos más capacidad para contrastar, interpretar, dudar, verificar y construir argumentos propios.


No creo que esto deba llevarnos a idealizar el pasado ni a declarar que “antes sí se aprendía”. Cada época ha tenido sus distracciones, sus desigualdades y sus crisis. Pero sí debemos reconocer que vivimos en un ecosistema diseñado para capturar la atención: notificaciones, videos de segundos, desplazamiento infinito, respuestas inmediatas y una disponibilidad casi ilimitada de información. La escuela sigue pidiendo concentración prolongada mientras buena parte del entorno digital premia la reacción instantánea. El reto educativo consiste en volver a entrenar una capacidad profundamente humana: permanecer frente a una pregunta, aunque la respuesta no aparezca de inmediato.
Desde la ruralidad, el diagnóstico se ve diferente
Quienes hemos trabajado en escuelas rurales y en territorios PDET sabemos que la desigualdad educativa no empieza en una prueba. Empieza mucho antes: en la distancia que un estudiante debe recorrer, en una señal de internet que aparece y desaparece, en equipos que envejecen sin mantenimiento, en la rotación de docentes, en familias que hacen enormes esfuerzos para sostener la trayectoria escolar y en instituciones que deben resolver con creatividad lo que el territorio no garantiza de manera estable.


En una investigación que desarrollé con docentes rurales de matemáticas de Ataco, Chaparral, Planadas y Rioblanco, a partir de 14 entrevistas semiestructuradas y 21 cuestionarios abiertos, encontré algo que hoy vuelve a ser relevante: cuando la tecnología falla, el maestro rural no deja de enseñar. Combina WhatsApp con guías impresas, descarga videos para usarlos sin conexión, comparte dispositivos, vuelve al tablero, contextualiza las matemáticas con el café, el cacao, los cultivos y las distancias de las veredas. Esa creatividad no debe romantizar la precariedad; la conectividad y la infraestructura siguen siendo derechos pendientes. Pero sí demuestra que innovar no es llenar un salón de aparatos. Innovar es conseguir que el estudiante siga pensando y aprendiendo con los recursos que realmente existen.
Esa experiencia también deja una advertencia para la política pública: una plataforma diseñada en una oficina urbana no se vuelve pertinente por el simple hecho de llegar a una escuela rural. La tecnología adquiere sentido cuando se adapta al territorio, cuando funciona con baja conectividad, cuando permite alternativas fuera de línea y cuando el maestro recibe formación situada, acompañamiento y tiempo para convertirla en una mediación pedagógica real.


La inteligencia artificial ya está en la escuela: prohibirla no bastará
PISA 2025 muestra que el 56 % de los estudiantes colombianos utiliza chatbots de inteligencia artificial para aprender al menos una vez por semana. El 45 % los usa para investigar inicialmente un tema; el 39 %, para resumir textos, y otro 39 %, para redactar trabajos. Al mismo tiempo, el 36 % afirma que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante la mayoría o la totalidad de las clases de ciencias. Los dos datos deben leerse juntos: la misma tecnología puede ampliar el aprendizaje o debilitarlo.


Por eso, la pregunta ya no es si la inteligencia artificial entrará a la escuela. Entró. Tampoco creo que la respuesta sea permitir que haga el trabajo cognitivo de los estudiantes. Una IA que responde todo antes de que el joven piense puede convertirse en un atajo hacia el empobrecimiento intelectual. Pero una IA bien utilizada puede funcionar como tutor, interlocutor, laboratorio de preguntas, generador de ejemplos, apoyo para retroalimentar un texto o herramienta para explorar varias maneras de resolver un problema.


Propongo una regla pedagógica sencilla que cualquier escuela podría enseñar desde primaria y profundizar en secundaria: primero pienso; después pregunto; luego verifico; finalmente explico con mis propias palabras. Si el estudiante no puede justificar la respuesta que recibió de la máquina, todavía no ha aprendido. En otras palabras: debemos enseñar a usar inteligencia artificial sin tercerizar la inteligencia humana.


Colombia ya convirtió tecnologías imperfectas en oportunidades educativas
No sería la primera vez que enfrentamos una transformación tecnológica desde la ruralidad. En 1947 comenzó Radio Sutatenza, una experiencia colombiana que utilizó la radio, las cartillas y las redes comunitarias para acercar alfabetización, cálculo básico, salud, producción agropecuaria y formación ciudadana a poblaciones campesinas. Aquella radio no resolvió todas las desigualdades del campo, pero demostró que una tecnología adquiere valor cuando existe un proyecto educativo alrededor de ella.
Décadas después, Escuela Nueva nació para responder a otro problema concreto: pequeñas escuelas rurales multigrado que no podían funcionar simplemente copiando el modelo urbano. La respuesta fue pedagógica: guías de autoaprendizaje, trabajo cooperativo, flexibilidad, participación de los estudiantes, vínculo con la comunidad y un maestro que acompaña y facilita. Colombia no esperó a tener condiciones perfectas para innovar; diseñó una alternativa desde su propia realidad.


Ese es el aprendizaje histórico que PISA 2025 debería recordarnos. Si alguna vez una radio pudo convertirse en escuela y una pequeña aula multigrado pudo inspirar un modelo reconocido internacionalmente, ¿por qué un teléfono inteligente no podría convertirse hoy en biblioteca, laboratorio, tutor y ventana al mundo? La respuesta es incómoda: puede hacerlo, pero no automáticamente. Necesita propósito, mediación, reglas, cultura de aprendizaje y un adulto que enseñe a distinguir información de conocimiento.


Recuperar la lectura significa recuperar el derecho a pensar despacio
La lectura debe volver al centro, pero no como castigo ni como una guerra contra las pantallas. Debemos crear momentos diarios en los que el estudiante lea sin interrupciones, converse sobre lo leído, formule preguntas, escriba a mano o en digital y tenga que sostener una idea más allá de un párrafo. Leer profundamente es también un ejercicio de introspección: obliga a quedarse un poco más de tiempo consigo mismo, a tolerar la duda y a escuchar una voz que no está compitiendo por segundos de atención.


Podemos incluso utilizar las redes sociales como puerta de entrada y no como destino final. Un video corto puede despertar una pregunta científica; una publicación viral puede convertirse en ejercicio de verificación de fuentes; la historia de una vereda puede documentarse mediante entrevistas y transformarse en pódcast; una fotografía de un cultivo puede convertirse en problema matemático; un meme puede abrir una discusión sobre lenguaje y argumentación. La escuela no necesita imitar a TikTok. Necesita enseñar al estudiante a salir de la superficie y llegar al conocimiento.


PTAFI y la formación integral: volver a darle sentido a estar en la escuela
Desde el trabajo que realizamos en PTAFI 3.0 he confirmado algo que las cifras difícilmente capturan por completo: un estudiante aprende mejor cuando encuentra razones para pertenecer a su escuela. El deporte, la música, la lectura, el arte, la danza, los proyectos ambientales, la tecnología, la investigación del territorio y los centros de interés no deberían verse como actividades que compiten con matemáticas o lenguaje. Bien articulados, son escenarios para leer, medir, argumentar, cooperar, crear, autorregularse y construir un proyecto de vida.


Si queremos “rescatar” a nuestros jóvenes, quizá debamos empezar por cambiar esa palabra. Ellos no son objetos perdidos que los adultos debamos recuperar. Son una generación que necesita referentes, límites, oportunidades, preguntas desafiantes y experiencias en las que descubra que aprender sirve para comprender su vida y transformar su entorno. La formación integral puede ser precisamente el puente entre el aprendizaje académico y el sentido personal de la escuela.


Una agenda posible para salir adelante
Colombia necesita concentrarse otra vez en los aprendizajes fundamentales: lectura comprensiva, escritura, razonamiento matemático, pensamiento científico y capacidad de aprender de manera autónoma. Pero debe hacerlo sin regresar a una escuela basada únicamente en memorización. Hay que enseñar menos contenidos de manera superficial y dedicar más tiempo a comprender, aplicar, discutir y resolver. Evaluar debería servir para detectar dónde se rompe el aprendizaje y actuar a tiempo, no para etiquetar estudiantes o repartir culpas.


También necesitamos una política digital rural realista: conectividad estable, mantenimiento y renovación de equipos, contenidos que funcionen sin conexión, formación docente continua, alfabetización mediática e inteligencia artificial con criterios éticos y pedagógicos. Y necesitamos algo que cuesta menos dinero, pero exige decisión: proteger espacios de concentración. No todo momento escolar debe estar acompañado por una pantalla. A veces el acto más innovador será cerrar el celular, abrir un libro y sostener una conversación de veinte minutos sin interrupciones.


Finalmente, cualquier transformación debe reconocer al maestro como profesional del conocimiento y no como simple ejecutor de instrucciones. El maestro necesita autonomía responsable, comunidades de aprendizaje, acompañamiento entre pares, formación situada y tiempo para estudiar lo que ocurre en su aula. En la ruralidad, además, su permanencia protege algo más que una secuencia curricular: sostiene confianza, memoria institucional y vínculo comunitario. Cuidar, acompañar y permanecer también son acciones educativas.


PISA es un espejo, no un destino
PISA 2025 nos entrega razones para preocuparnos, pero también información para actuar. Colombia tiene estudiantes curiosos, docentes que siguen encontrando caminos, comunidades que defienden sus escuelas y una historia educativa que demuestra que podemos crear respuestas propias. La crisis mundial de lectura y atención no se resolverá con nostalgia, prohibiciones absolutas ni una nueva plataforma. Se resolverá reconstruyendo hábitos, vínculos y propósitos.


Tal vez dentro de algunos años miremos este momento como hoy miramos el surgimiento de Radio Sutatenza o de Escuela Nueva: una época de enormes limitaciones en la que hubo que decidir qué hacer con las herramientas disponibles. Hoy tenemos algoritmos capaces de generar textos, resolver problemas y conversar con nuestros estudiantes. La tecnología es mucho más poderosa, pero la pregunta esencial sigue siendo humana: ¿para qué vamos a usarla?

Si Colombia convirtió una vez un transistor en una escuela, también puede convertir hoy un algoritmo en una oportunidad para aprender. Pero solo si enseñamos a nuestros jóvenes a gobernar su atención, conservar su humanidad y utilizar una inteligencia artificial sin renunciar a la propia.


El futuro educativo del país no está escrito en un ranking. Se escribe todos los días, en cada aula urbana y rural, cuando un estudiante consigue comprender algo que antes no comprendía, cuando un maestro encuentra otra forma de explicar, cuando una familia vuelve a conversar sobre lo que se aprende y cuando una tecnología deja de distraer para comenzar a ampliar la curiosidad. Esa, más que cualquier posición en PISA, es la prueba que Colombia necesita aprender a ganar.

Fuentes consultadas
OCDE. (2026). PISA 2025 Results (Volume I): Colombia. Nota de país.
OCDE. (2026). PISA 2025 Results (Volume I). Student performance in PISA 2025 y Foreword.
Banco de la República. Radio Sutatenza: una revolución cultural en el campo colombiano (1947-1994). Biblioteca Virtual.
UNESCO / IIPE y Banco Mundial. Documentos de referencia sobre el modelo colombiano Escuela Nueva.
Murillo Sarmiento, J. S. (2026). Más allá de la conectividad: resistencias pedagógicas de docentes rurales y construcción de paz en territorios PDET del sur del Tolima.
Sobre el autor. Juan Sebastián Murillo Sarmiento es docente PDET y Tutor PTAFI 3.0. Su trabajo académico se ha concentrado en educación rural, ecosistemas digitales, enseñanza de las matemáticas y prácticas pedagógicas en territorios PDET del sur del Tolima.

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