
Cuando un niño o una niña ingresa al sistema judicial por conflictos familiares, violencia, tenencia, régimen de visitas o pensiones alimenticias, no solo enfrenta un proceso legal. También vive una experiencia que puede impactar profundamente su bienestar, su desarrollo y todo su entorno biopsicosocial.
Desde la mirada del Trabajo Social, la niñez constituye uno de los grupos más vulnerables. Con frecuencia, los niños y niñas se ven expuestos a entrevistas repetidas, conflictos entre adultos y decisiones que no siempre logran comprender. En ocasiones son colocados, consciente o inconscientemente, en una posición de lealtad hacia uno de sus progenitores, asumiendo responsabilidades emocionales que no corresponden a su edad. Algunos terminan convirtiéndose en mensajeros, confidentes o incluso defensores de uno de sus padres, fenómeno conocido como parentalización.
Aunque el sistema judicial busca garantizar sus derechos, no siempre logra escuchar realmente su voz. A veces los niños quedan atrapados entre disputas de adultos, sintiéndose confundidos, culpables o invisibles. Las consecuencias pueden reflejarse en el ámbito escolar, en sus relaciones familiares y sociales, en la ansiedad, el miedo, la tristeza o las dificultades para expresar sus emociones.
Como madre, reconozco que educar no viene con un manual y que todos podemos cometer errores. Yo también los he cometido. Con el paso del tiempo, el estudio, la experiencia profesional y la reflexión personal me han enseñado que muchas de nuestras acciones, aun cuando nacen del amor, pueden afectar a nuestros hijos sin que seamos plenamente conscientes de ello. Todavía tengo días grises, como cualquier persona, pero también he aprendido que siempre es posible cambiar, crecer y ser mejores para ellos.
Como profesional del Trabajo Social, considero que nuestra labor va más allá de evaluar situaciones familiares o emitir informes. Implica reconocer a cada niño y niña como sujeto de derechos, acompañar sus procesos emocionales y promover intervenciones que minimicen el impacto que los conflictos familiares y judiciales pueden generar en su desarrollo.
Quizá por eso una de las partes más difíciles de mi trabajo es observar cómo, en algunos casos, los niños son utilizados como instrumentos dentro de disputas entre adultos. Me duele profundamente porque detrás de cada expediente hay una infancia que no debería cargar con conflictos que no le pertenecen.
Sin embargo, si algo amo de mi profesión, es la posibilidad de sembrar una pequeña luz en la vida de las personas que acompaño. Una palabra, una orientación o una escucha respetuosa pueden marcar una diferencia. Y cuando protegemos a un niño o una niña, también estamos protegiendo el futuro.
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