Bolivia 2026: La crisis de confianza y el costo económico de la conflictividad permanente

Introducción

Bolivia atraviesa uno de los momentos más complejos de las últimas décadas. A diferencia de crisis anteriores asociadas principalmente a conflictos políticos o desequilibrios financieros puntuales, la coyuntura actual refleja la convergencia de múltiples factores estructurales: contracción económica, deterioro fiscal, pérdida de holgura externa, inflación elevada, escasez de divisas, tensiones políticas persistentes y un profundo desgaste de la confianza ciudadana.

La situación boliviana no puede entenderse únicamente desde indicadores macroeconómicos. La economía funciona sobre expectativas. Cuando hogares, empresas e inversionistas perciben incertidumbre respecto al rumbo político, la estabilidad institucional o la capacidad del Estado para responder a los problemas, las decisiones económicas cambian radicalmente. Se posterga la inversión, disminuye el consumo, aumenta la dolarización informal y se fortalece una percepción colectiva de vulnerabilidad.

Durante más de una década, Bolivia logró sostener niveles relativamente elevados de crecimiento gracias al ciclo favorable de materias primas, particularmente por los ingresos provenientes de la exportación de gas natural. Sin embargo, el agotamiento progresivo de este modelo extractivo, combinado con políticas fiscales expansivas sostenidas en el tiempo y una limitada diversificación productiva, generó vulnerabilidades que hoy se manifiestan con mayor intensidad. El FMI ha señalado que la caída de la producción de gas natural continúa afectando los ingresos fiscales y externos del país.

La crisis actual no es únicamente económica. También es política, institucional y social. Se trata de una crisis de confianza sobre la capacidad del país para construir consensos, generar certidumbre y proyectar un horizonte de desarrollo sostenible. Comprender esta realidad exige analizar simultáneamente los factores macroeconómicos, las dinámicas políticas y las transformaciones sociales que están redefiniendo el futuro de Bolivia.

Panorama macroeconómico: entre la contracción y el riesgo de estanflación

La economía boliviana ingresa a 2026 mostrando señales preocupantes de deterioro. El Instituto Nacional de Estadística reportó que el PIB se contrajo 1,58% en 2025, confirmando que la desaceleración ya se transformó en caída de la actividad económica.

Las proyecciones oficiales reconocen un escenario difícil. El Presupuesto General del Estado Reformulado para 2026 planteó un déficit fiscal cercano al 9% del PIB, una inflación estimada alrededor del 14% y un crecimiento “algo menor al 1%”. Estas cifras contrastan con las estimaciones de organismos internacionales: el Banco Mundial proyectó una contracción de 3,2% para 2026 y una inflación promedio de 21,2%.

Uno de los principales problemas radica en el persistente déficit fiscal que Bolivia mantiene desde hace varios años. Durante el auge de los hidrocarburos, el Estado expandió significativamente el gasto público, fortaleciendo programas sociales, inversión estatal y subsidios. Sin embargo, la reducción progresiva de los ingresos provenientes del gas natural debilitó la capacidad financiera del sector público sin que se implementaran ajustes estructurales equivalentes.

La consecuencia ha sido un creciente financiamiento del déficit mediante endeudamiento interno, financiamiento del Banco Central y uso de fuentes públicas de liquidez. El FMI advirtió que el déficit fiscal superó el 10% del PIB en 2023 y 2024, y que fue financiado principalmente por el Banco Central en un contexto de restricciones de financiamiento externo.

Paralelamente, las reservas internacionales siguen siendo una variable crítica. El Banco Central reportó que las RIN alcanzaron $us 2.881 millones a agosto de 2025, una mejora respecto al cierre de 2024; sin embargo, el Banco Mundial estimó reservas por $us 3.700 millones a fines de 2025, aclarando que el oro constituye la mayor parte de ese respaldo. Esto significa que el problema no es solamente el nivel contable de las reservas, sino la disponibilidad efectiva de divisas líquidas para sostener importaciones, combustibles, pagos externos y estabilidad cambiaria.

La inflación constituye otro elemento central de la coyuntura actual. Tras años de relativa estabilidad, Bolivia comenzó a experimentar aumentos significativos de precios impulsados por restricciones de oferta, escasez de dólares, problemas logísticos y expectativas inflacionarias crecientes. El INE registró una inflación acumulada de 20,40% en 2025, la más elevada en varias décadas recientes.

A abril de 2026, la inflación acumulada del año llegó a 0,47%, pero la variación interanual se mantuvo en 14,18%, lo que muestra una moderación mensual, aunque todavía con niveles elevados respecto a la experiencia histórica reciente del país.

Este fenómeno resulta particularmente complejo porque ocurre en un contexto de bajo crecimiento o contracción económica. La combinación de caída de la actividad, inflación elevada, restricción externa y deterioro fiscal configura rasgos de estanflación, una de las situaciones más difíciles de administrar desde la política económica.

Por otra parte, la estructura productiva nacional continúa mostrando una elevada dependencia de sectores extractivos y una limitada capacidad para generar divisas mediante exportaciones diversificadas. La reducción de la producción de gas natural ha debilitado uno de los pilares históricos del modelo económico boliviano, mientras que sectores alternativos aún no logran compensar plenamente dicha caída.

En este contexto, el mercado laboral también refleja señales de fragilidad. Aunque las estadísticas oficiales muestran niveles relativamente bajos de desempleo abierto, la realidad evidencia una expansión sostenida de la informalidad, el subempleo y la precarización laboral. La OIT reportó una tasa de empleo informal de 83,9% para Bolivia en 2024, una de las más elevadas de la región.

La incertidumbre política como factor económico

La economía no opera en el vacío. Los agentes económicos toman decisiones basándose en expectativas sobre el futuro. Cuando la incertidumbre política aumenta, también se incrementa la percepción de riesgo.

Durante los últimos años, Bolivia ha experimentado una creciente fragmentación política que dificulta la construcción de consensos mínimos para enfrentar los desafíos económicos. Las disputas entre distintos actores políticos, los conflictos entre niveles de gobierno y la polarización permanente han debilitado la capacidad del sistema político para responder de manera coordinada a la crisis.

La incertidumbre política genera múltiples efectos económicos. Las empresas retrasan inversiones, los consumidores postergan gastos importantes y los inversionistas externos adoptan posiciones más cautelosas. Como resultado, disminuye la actividad económica y se profundiza la desaceleración.

A ello se suma la percepción de que muchas decisiones económicas relevantes se encuentran condicionadas por cálculos políticos de corto plazo. Las reformas estructurales suelen implicar costos inmediatos y beneficios diferidos, lo que reduce los incentivos para implementarlas en contextos de elevada sensibilidad social.

Los acontecimientos recientes muestran cómo los conflictos políticos pueden trasladarse rápidamente al ámbito económico. Las protestas, bloqueos y tensiones sociales generan interrupciones en cadenas de suministro, afectan el abastecimiento de combustibles y alimentos, e incrementan la incertidumbre sobre la continuidad de las actividades productivas. Reuters reportó que los bloqueos de mayo de 2026 aislaron parcialmente ciudades como La Paz y El Alto, provocando escasez de alimentos, combustibles y medicamentos.

La confianza es uno de los activos más importantes de cualquier economía. Cuando los ciudadanos perciben que las instituciones no logran resolver problemas fundamentales o que las autoridades carecen de una estrategia clara, se debilitan las expectativas positivas que sostienen el consumo, la inversión y el crecimiento.

Dimensión social: deterioro del bienestar e incertidumbre cotidiana

La crisis económica tiene consecuencias directas sobre la vida de las personas. Más allá de las estadísticas macroeconómicas, los efectos se observan diariamente en los hogares bolivianos.

El incremento sostenido de los precios ha reducido significativamente el poder adquisitivo de las familias. Los alimentos, el transporte y diversos bienes esenciales representan una proporción creciente del gasto familiar, afectando especialmente a los sectores de ingresos medios y bajos.

La percepción de deterioro económico se amplifica porque muchas familias experimentan simultáneamente mayores gastos y menores oportunidades de generación de ingresos. En un contexto de informalidad elevada, gran parte de la población carece de mecanismos efectivos de protección frente a choques económicos.

Los jóvenes constituyen uno de los grupos más afectados. Muchos profesionales enfrentan dificultades para acceder a empleos estables y adecuadamente remunerados. Esto genera frustración, desincentiva la inversión en capital humano y fortalece procesos migratorios internos y externos.

Asimismo, las clases medias urbanas enfrentan una creciente sensación de vulnerabilidad. Sectores que durante años experimentaron mejoras relativas en sus condiciones de vida ahora perciben riesgos asociados a la inflación, la pérdida de capacidad de ahorro y la incertidumbre laboral.

La crisis también tiene efectos psicológicos y sociales. La incertidumbre prolongada reduce la confianza en el futuro, debilita las expectativas de movilidad social y genera tensiones que pueden traducirse en conflictos sociales más frecuentes e intensos.

El Banco Mundial estimó que la pobreza medida bajo la línea de $us 8,30 diarios en paridad de poder adquisitivo subió de 17,4% en 2024 a 19,5% en 2025, y proyectó que podría aumentar a 20,6% en 2026 si persisten la contracción económica y la inflación.

Institucionalidad y gobernanza económica: el desafío de reconstruir la confianza

Las economías modernas requieren instituciones sólidas. La estabilidad macroeconómica depende tanto de variables financieras como de la credibilidad institucional.

En Bolivia, uno de los principales desafíos radica en fortalecer la confianza en las instituciones responsables de la conducción económica. La credibilidad de la política fiscal, monetaria y regulatoria resulta fundamental para estabilizar expectativas y reducir incertidumbres.

El deterioro de la liquidez externa, la persistencia de déficits fiscales elevados y las dudas respecto a la independencia de algunas instituciones económicas han generado cuestionamientos sobre la capacidad del Estado para gestionar la crisis de manera sostenible.

La seguridad jurídica también constituye un elemento central para la recuperación económica. La inversión privada, tanto nacional como extranjera, requiere reglas claras, previsibilidad y mecanismos confiables para la resolución de controversias.

De igual manera, la transparencia en la gestión pública y la calidad de la información económica se vuelven fundamentales en períodos de incertidumbre. La confianza no puede imponerse mediante discursos; se construye a través de señales consistentes, instituciones creíbles y resultados verificables.

Bolivia enfrenta además el reto de modernizar su aparato productivo y fortalecer capacidades estatales para responder a desafíos emergentes vinculados a la transformación digital, la transición energética y los cambios en la economía global.

La conflictividad como variable macroeconómica: el impacto de los bloqueos

Esta debilidad institucional se manifiesta de manera más dramática en la forma en que la conflictividad social se ha convertido en un factor de paralización económica.

Uno de los principales desafíos que Bolivia deberá enfrentar durante la próxima década consiste en resolver la contradicción existente entre el derecho democrático a la protesta y la necesidad de preservar la continuidad de las actividades económicas esenciales.

Los acontecimientos recientes evidencian que la conflictividad social ya no representa únicamente un problema político; se ha convertido en una variable macroeconómica con capacidad de afectar inflación, crecimiento, abastecimiento, empleo, inversión y estabilidad financiera.

Durante mayo de 2026, Bolivia experimentó uno de los ciclos de conflictividad más intensos de su historia reciente. El país llegó a registrar más de 70 - 80 puntos de bloqueo, afectando carreteras estratégicas, corredores logísticos, pasos fronterizos y accesos a las principales ciudades. La Paz y El Alto permanecieron parcialmente cercadas durante varias semanas, provocando desabastecimiento de alimentos, combustibles, medicamentos e insumos productivos.

Los bloqueos dejaron de ser únicamente mecanismos de presión sectorial para convertirse en factores con capacidad de paralizar la economía nacional. Diversos sectores productivos reportaron pérdidas, interrupción de cadenas de suministro, reducción de exportaciones y dificultades operativas para industrias, comercios y actividades agrícolas.

La economía boliviana difícilmente podrá recuperar dinamismo mientras persistan escenarios de incertidumbre permanente sobre la transitabilidad nacional, el suministro de combustibles, la estabilidad institucional y la capacidad del Estado para garantizar condiciones mínimas de funcionamiento económico.

La reconstrucción de la confianza requerirá mucho más que medidas fiscales o monetarias. Exigirá reconstruir mecanismos de diálogo, fortalecer instituciones, generar acuerdos nacionales y desarrollar una nueva cultura política orientada a la solución de conflictos sin paralizar sistemáticamente al país.

El costo económico de la conflictividad

Los bloqueos y las medidas de presión social han dejado de ser un instrumento político coyuntural para convertirse en uno de los principales frenos al desarrollo económico de Bolivia.

Durante el ciclo de conflictividad más intenso de mayo de 2026, las pérdidas económicas fueron significativas. Según estimaciones de sectores productivos, La Paz y El Alto acumularon pérdidas cercanas a los $us 428 millones en aproximadamente 25 días de paralización parcial. A nivel nacional, las pérdidas diarias oscilaron entre $us 100 y 200 millones, dependiendo de la intensidad de los bloqueos y los sectores afectados.

El sector industrial reportó pérdidas diarias de alrededor de $us 12 millones, mientras que el transporte, el comercio y la agroindustria fueron especialmente golpeados por la interrupción de cadenas de suministro. El turismo también registró caídas drásticas, con pérdidas diarias estimadas entre Bs 35 y 40 millones en algunos periodos.

Estos impactos no son nuevos. Entre 2022 y 2026, Bolivia acumuló pérdidas superiores a los $us 5.000 millones por distintos ciclos de bloqueos nacionales, según datos del Ministerio de Economía. Solo en eventos mayores de 2024 se registraron pérdidas por más de $us 3.000 millones en alrededor de 40 días de conflicto.

Más allá de las cifras absolutas, el costo es multidimensional:

  • Pérdida de actividad económica (producción no realizada).
  • Aumento de costos logísticos y encarecimiento de la canasta familiar.
  • Reducción de recaudación tributaria y presión adicional sobre las finanzas públicas.
  • Daño a la confianza de inversionistas nacionales y extranjeros.
  • Efectos de segunda ronda: menor inversión, menor empleo y mayor informalidad.

Este elevado costo de la conflictividad explica en buena medida por qué, a pesar de los esfuerzos de estabilización, la economía boliviana continúa mostrando dificultades para recuperar dinamismo.

Escenarios prospectivos para Bolivia, 2026-2030

La evolución de Bolivia durante los próximos años dependerá menos de variables puramente económicas y más de la capacidad política e institucional para gestionar conflictos, reconstruir confianza y restablecer condiciones mínimas de gobernabilidad.

Escenario optimista: estabilización gradual y reconstrucción de consensos

En el escenario más favorable, los actores políticos, sociales y económicos logran construir acuerdos mínimos para restablecer la gobernabilidad y reducir la conflictividad. El gobierno impulsa espacios de diálogo nacional con participación de organizaciones sociales, gobiernos subnacionales, sectores empresariales, universidades y organismos internacionales. La conflictividad disminuye progresivamente y los bloqueos dejan de constituirse en mecanismos permanentes de presión política.

La recuperación de la transitabilidad nacional permite normalizar el abastecimiento de combustibles, alimentos y materias primas, reduciendo presiones inflacionarias y restableciendo parcialmente la confianza de consumidores e inversionistas. Esto facilitaría una recuperación más rápida de sectores como el comercio, el transporte y la agroindustria, que actualmente sufren altos costos logísticos.

Paralelamente, se implementan medidas orientadas a la estabilización fiscal (reducción gradual del déficit hacia el 4-5% del PIB), fortalecimiento institucional (mayor autonomía del Banco Central y transparencia en reservas) y promoción de inversiones en sectores estratégicos como agroindustria, minería sostenible, energías renovables, turismo, tecnología y servicios. Se podrían atraer inversiones extranjeras directas mediante mejoras en seguridad jurídica y acuerdos con organismos multilaterales.

En este escenario, Bolivia podría recuperar tasas moderadas de crecimiento económico (entre 3% y 4,5% anual hacia 2028-2030), mejorar gradualmente la generación de empleo formal, estabilizar los principales indicadores macroeconómicos y comenzar una lenta pero sostenida diversificación productiva. No se trataría de un retorno inmediato a las condiciones de la bonanza pasada, sino de la construcción de una nueva etapa basada en mayor diversificación productiva, institucionalidad más sólida y menor dependencia de actividades extractivas tradicionales. La clave sería la capacidad de ejecutar reformas estructurales con respaldo amplio.

Escenario intermedio: estabilidad frágil y conflictividad recurrente

Este escenario representa probablemente la situación más plausible si se mantienen las tendencias actuales. La economía evita un colapso severo, pero tampoco logra una recuperación sostenida. Los conflictos sociales continúan apareciendo periódicamente, generando ciclos recurrentes de bloqueos, movilizaciones y tensiones políticas que interrumpen la actividad económica cada 3 o 4 meses.

Las carreteras continúan siendo utilizadas como principal instrumento de presión política por distintos sectores, afectando la previsibilidad económica y elevando los costos logísticos de producción y comercialización en un 15-25%. La inversión privada permanece cautelosa debido a la persistente incertidumbre. Muchos empresarios optan por postergar proyectos de expansión, mantener liquidez en dólares o trasladar inversiones hacia mercados considerados más estables como Perú, Paraguay o Colombia.

El crecimiento económico se mantiene débil (entre 0,5% y 2% anual), la inflación disminuye lentamente pero se mantiene en rangos de dos dígitos, y la informalidad laboral continúa expandiéndose como mecanismo de supervivencia económica para amplios sectores de la población. Las reservas internacionales se estabilizarían en niveles bajos, lo que limitaría la capacidad de importar insumos y combustibles, afectando especialmente a la industria manufacturera y la construcción.

En este escenario, Bolivia evita una crisis mayor, pero pierde oportunidades importantes de desarrollo debido a la incapacidad de generar condiciones sostenibles de confianza y estabilidad. El costo acumulado de la conflictividad recurrente podría superar los $us 1.500-2.000 millones anuales, frenando la reducción de la pobreza y la creación de empleo de calidad. Además, se acentuaría la migración de profesionales jóvenes y capital humano calificado hacia países vecinos.

Escenario crítico: institucionalización de la crisis y deterioro económico acelerado

El escenario más preocupante surge si la conflictividad actual se profundiza y los bloqueos se consolidan como una práctica permanente dentro de la dinámica política nacional.

En este contexto, la economía podría enfrentar un deterioro acelerado caracterizado por inflación creciente (por encima del 25-30%), caída sostenida de la inversión privada (más del 20% anual), reducción de la actividad productiva y mayores dificultades para sostener el abastecimiento de bienes esenciales. La repetición prolongada de bloqueos nacionales tendría efectos devastadores sobre múltiples sectores económicos. El transporte, la agroindustria, el comercio exterior, el turismo y la industria manufacturera enfrentarían costos crecientes y pérdida de competitividad, con posibles quiebras masivas en medianas empresas.

A nivel social, el deterioro económico alimentaría nuevas protestas, generando un círculo vicioso donde la crisis económica produce conflictividad y la conflictividad profundiza la crisis económica. Esto podría llevar a una mayor dolarización informal de la economía, fuga de capitales, fuerte depreciación del boliviano y colapso parcial de importaciones críticas (combustibles, medicamentos y maquinaria).

Adicionalmente, se aceleraría la emigración de capital humano (especialmente jóvenes profesionales y técnicos), se reducirían drásticamente las inversiones estratégicas y se debilitaría la capacidad del Estado para financiar programas sociales. En un escenario extremo, Bolivia podría enfrentar una pérdida significativa de confianza institucional, aislamiento relativo en el contexto regional y un debilitamiento general de sus perspectivas de desarrollo a mediano plazo, prolongando la estanflación por varios años.

Reflexiones finales

La coyuntura que atraviesa Bolivia en 2026 trasciende ampliamente una crisis económica convencional. Lo que hoy enfrenta el país es la convergencia de problemas estructurales acumulados durante varios años: el agotamiento progresivo del modelo basado en rentas extraordinarias de los hidrocarburos, desequilibrios fiscales persistentes, pérdida de holgura externa, debilitamiento institucional, creciente polarización política y una conflictividad social que ha comenzado a afectar de manera directa la actividad económica nacional.

Durante décadas, Bolivia construyó una parte importante de su estabilidad económica sobre recursos extraordinarios provenientes de las exportaciones de gas natural. Aquella etapa permitió expandir el gasto público, fortalecer programas sociales, incrementar la inversión estatal y mejorar diversos indicadores económicos y sociales. Sin embargo, los años de bonanza no fueron aprovechados plenamente para transformar la estructura productiva nacional, diversificar las exportaciones ni generar nuevas fuentes sostenibles de crecimiento.

La situación actual demuestra que las economías no pueden sostenerse indefinidamente sobre ingresos temporales ni sobre la expectativa permanente de recursos extraordinarios. El desafío que enfrenta Bolivia consiste precisamente en transitar desde una economía dependiente de rentas hacia una economía basada en productividad, innovación, conocimiento, inversión y generación de valor agregado.

Quizás una de las principales lecciones que deja la crisis actual es que ningún país puede aspirar al desarrollo sostenible si permanece atrapado en ciclos permanentes de confrontación. Los bloqueos, las paralizaciones y los conflictos sociales generan costos que finalmente son asumidos por toda la sociedad.

En este contexto, la recuperación de la confianza emerge como el principal desafío nacional. Bolivia necesita recuperar la capacidad de generar certidumbre. Las familias requieren previsibilidad para planificar su futuro. Las empresas necesitan reglas claras para invertir. Los jóvenes demandan oportunidades laborales que les permitan desarrollar sus proyectos de vida dentro del país.

La próxima década exigirá decisiones difíciles. Al mismo tiempo, Bolivia dispone de oportunidades que no deben ser subestimadas: su ubicación estratégica, su riqueza en recursos naturales, el potencial de la agroindustria, la minería, el turismo, las energías renovables y el creciente capital humano.

La verdadera discusión nacional no debería centrarse únicamente en quién gobierna. La pregunta más importante es qué tipo de país se desea construir para las próximas generaciones. La historia económica demuestra que las naciones que logran superar períodos críticos no son necesariamente aquellas que disponen de más recursos naturales, sino aquellas que desarrollan instituciones sólidas, capacidad de diálogo y visión estratégica de largo plazo.

Bolivia tiene ante sí la oportunidad de redefinir su rumbo. La crisis actual puede convertirse en un punto de inflexión que impulse reformas profundas y consensos duraderos.

Bibliografía consultada

  • Banco Central de Bolivia. Comunicados e informes sobre Reservas Internacionales Netas y reservas en oro, 2025-2026.
  • Banco Mundial. Bolivia Macro Poverty Outlook, abril de 2026.
  • Fondo Monetario Internacional. Bolivia: 2025 Article IV Consultation, Country Report No. 2025/116.
  • Instituto Nacional de Estadística de Bolivia. Reportes de IPC, inflación y PIB, 2025-2026.
  • Organización Internacional del Trabajo. ILOSTAT, perfil laboral de Bolivia.
  • SWI swissinfo.ch / EFE. Reporte sobre el Presupuesto General del Estado Reformulado 2026.
  • Reuters. Reportes sobre protestas, bloqueos, desabastecimiento y conflictividad política en Bolivia, mayo de 2026.
  • El País. Reportes sobre la crisis política y los bloqueos en Bolivia, mayo de 2026.

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