Afganistán, Birmania, Etiopía, Haití, Laos, Malaui, entre otros 58 países; se caracterizan por exponer un desarrollo fallido, decadencia, involución y rezago frente al sistema económico global y esbozar una ostensible pobreza. Según Paul Collier*, el fracaso de estas naciones tiene como fondo el éxito del desarrollo global. Afirma que de no intervenir oportunamente para una atención integral a estos Estados [que acogen cerca de mil millones de personas]; una facción de ellas, durante el decurso de las próximas dos décadas, será calificadas como miserables y descontentas. Aún peor, serán intolerables para un mundo que está en continua búsqueda del confort.

Para promover transformaciones de fondo en este tipo de países [la mayoría ubicados en África y Asia central], es menester que tanto la derecha e izquierda ceda a sus pretensiones particulares y abra un nuevo horizonte político. Para ello, la derecha debe contemplar la posibilidad que la miseria no sólo se resuelve con el crecimiento global. Por su parte, la izquierda deberá asumir que instrumentos como la intervención militar, la aquiescencia de normas internacionales, el comercio y la estimulación del desarrollo, son herramientas fundamentales para alcanzar las reivindicaciones sociales que siempre han perseguido.

Al lado de ello, la identidad de estos Estados se refleja en guerras civiles, epidemias e ignorancias en sus habitantes. Con todo y lo anterior, es indispensable un cambio en la organización económica y política de los Estados [estancados] y disminuir la apatía democrática de los ciudadanos, con el objetivo de que puedan integrarse a la economía mundial. De aquí, que los dirigentes que detentan el “poder”, empiecen a ejercerlo legítimamente y no a través de las armas y el uso desmedido del dinero; de igual manera, intentar liberarse de viejas prácticas corruptas.

No es necesario acudir a la propaganda intrínseca de los medios de comunicación para describir la penosa situación que afronta el círculo de los países miserables.

Estas naciones, per se pobres, ven su crecimiento limitado por varias circunstancias. Una de ellas se debe a su reducido tamaño, su renta per cápita es baja y sus ingresos nacionales exiguos. En ellos, la esperanza de vida está fijada en cincuenta años frente a sesenta y siete años de países en vía de desarrollo, la mortalidad infantil es de catorce por ciento y el porcentaje de niños con malnutrición prolongada es de treinta y seis por ciento, mientras que en los países subdesarrollados es de cuatro y veinte por ciento, respectivamente.

Una diferencia abismal que se presenta en los países míseros y los países en vía de desarrollo, es que en los primeros la renta individual es insignificante y su economía es volátil, infiriendo un crecimiento negativo que a finales del milenio se definió en un 0.5%; superior al obtenido en 1970 que estuvo por el orden del 0.4%, en otras palabras actualmente son más pobres. Entretanto, en las naciones subdesarrolladas se observa un rápido crecimiento en su renta per cápita, toda vez que en 1970 aumentaron en 2.5% y al llegar los primeros años del siglo XXI se aceleraron a un 4.5%.

Actualmente, el crecimiento de los países miserables alcanzó el 1.7%, una proporción inferior al resto de los países subdesarrollados. Lo peor, es que la brecha seguirá en aumento con el paso del tiempo. Así las cosas, el verdadero desafío al desarrollo, es que estas sociedades pobres puedan iniciar un proceso de crecimiento económico que beneficie al ciudadano común.

Ciertas condiciones económicas hacen que un país sea más propenso a la guerra civil, dónde una vez iniciada se presenta un arraigado período de violencia, siendo luego difícil superar tal conflicto. La renta baja, el crecimiento lento, los recursos naturales y la geografía enlistas esas categorías. En efecto, la renta baja se traduce en pobreza y el crecimiento lento evoca desesperanza. En la amalgama pobreza sin esperanza, la vida no representa valor alguno y es factible que la población [particularmente joven] se rebele contra un Estado frágil que afronta una economía débil.

Collier estima que “un país de renta baja tiene un 14% de probabilidades de sufrir una guerra civil en un lustro cualquiera. Cada punto porcentual que se añada a la tasa de crecimiento supondrá un punto porcentual menos de esa probabilidad. Bajo la anterior premisa, si un país crece a una tasa del 3%, el riesgo de guerra baja del 14% al 11%, si su economía decrece al 3%, el riesgo aumenta hasta el 16%”.

En cuanto a los recursos naturales, su explotación con fines de comercialización aumenta el riesgo de guerra civil; pues ayudan a financiar los conflictos y en muchos casos, contribuyen a provocarlos. Peculiarmente, sucede en regiones cooptadas por movimientos rebeldes que utilizan las extorsiones a las empresas extractoras de materias primas, para solventar las acciones militares de oposición a gobiernos legítimos. Es de advertir, que muchos grupos insurrectos también son apoyados a través de las donaciones que les otorgan sus adeptos; y que muchas de sus motivaciones revolucionarias encarnadas en la represión política, opresión a las minorías y diversidad étnica no guardan una estrecha relación con el riesgo de una guerra civil.

Ahora bien, naciones con una fisiografía montañosa y poblaciones diseminadas, tienden más a una guerra civil, que aquellos pequeños, planos y con amplias concentraciones poblacionales; a razón de que disponen de más lugares que les permiten a los insurgentes formarse militarmente y ocultarse ante posibles confrontaciones.

Cabe señalar, que si un país es pobre, su renta es baja y se aumenta el valor de los productos de exportación como pábulo para sufragar la guerra, el conflicto iniciado bajo los anteriores antecedentes, propende no sólo a prolongarse, sino también, ante un cese de hostilidades, a reincidir bélicamente.

Innegablemente, la guerra civil resulta perjudicial tanto para el país que la padece como para sus vecinos, pues suele reducir el crecimiento a un 2.3% anual; en otra palabras, una guerra de siete años conlleva a que el país sea un 15% más pobre de lo que habría sido en condiciones normales. Al mismo tiempo, la guerra produce pérdidas humanas, deterioro de los derechos políticos, enfermedades [mucho más en albergues de atención a víctimas], desplazamientos masivos de población, refugiados y reclutamiento forzado. Por añadidura, el colapso económico se transfiere a los países limítrofes, consintiendo ventajas comparativas para el establecimiento del crimen y el terrorismo internacional.

En las guerras civiles, los recursos naturales cobran importancia, debido a que ciertos movimientos rebeldes han transgredido su ideal de impartir justicia, al pretender enriquecerse a través de la extorsión y el secuestro con el argumento de financiar su accionar militar y viabilizar su rebelión.

Ese costo de la guerra civil lo comparten tanto el país afectado como los estados fronterizos, el cual oscila entre sesenta y cuatro mil a cien mil millones de dólares anuales, equivalente al doble del presupuesto global de la ayuda al desarrollo.

Es justo decir aquí, que el crecimiento económico contribuye a reducir el riesgo de guerra civil, toda vez que permite el aumento del nivel de renta y propende porque las exportaciones se diversifiquen y no dependan exclusivamente en materias primas. En ese sentido, el riesgo de conflicto varía según las características económicas, y a su vez, las características económicas están bajo el influjo del conflicto. De allí, que los países desarrollados presenten un riesgo bajo de guerra civil, los estados subdesarrollados aunque se estanquen temporalmente, pocos son los que desarrollan una guerra civil; y las naciones con crecimiento lento, fácilmente emprenden guerras civiles, habida cuenta del enlace pobreza, estancamiento y conflicto.

Los países que padecen la guerra observan como el crecimiento producido en tiempo de paz se ve neutralizado por las pérdidas económicas que ésta genera; al igual que, este deterioro de la economía dispara el riesgo de provocar más guerras.

Otra situación a la que se ven abocados los países [especialmente los africanos] con renta baja, crecimiento lento y pobreza, es la inestabilidad política simbolizada en los golpes de Estado. Lo inquietante, es que luego un país miserable ha sufrido un levantamiento militar, se incrementa la probabilidad que soporte alguno más; paralizando el funcionamiento de la nación conflictiva y dificultando el desarrollo de regiones enteras.

En vista de ello, aun cuando los países introduzcan políticas encaminadas a reconocer derechos democráticos, no disminuye el riesgo de guerra civil y/o del golpe de Estado

El conflicto no es la única situación que obstaculiza el desarrollo de un país. Absurdamente, los estados con abundante recursos naturales los convierten en territorios con extrema pobreza. Al respecto es preciso decir, que a consecuencia de una escasa y estancada economía, el superávit de las exportaciones de recursos naturales no les garantiza los ingresos suficientes para clasificarse en renta media. De los mil millones de personas más pobres del mundo, cerca del 29% viven en países cuya economía está sometida a las riquezas naturales.

Llegados a este punto, es pertinente precisar, que las exportaciones de recursos naturales le restan relevancia a las demás exportaciones de un país con renta baja y disminuyen sus posibilidades de participar en los mercados de manufacturas y servicios; en virtud a que las divisas que genera no representan mucho valor dentro de sus regiones. Del mismo modo, los ingresos obtenidos por las referenciadas exportaciones son volátiles y en la mayoría de casos se utilizan para incrementar el gasto público, respaldar cuantiosos créditos, derrocharlos en proyectos ineficaces y potenciar la corrupción. Tales situaciones ocasionan en estas naciones el desplome del nivel de vida, multiplican la pobreza, dificultan la gobernabilidad y propician la autocracia.

Los países en situación de miseria se enfrentan a la diada autocracia-democracia. Allí donde los recursos naturales producen grandes rentas también se exponen todo tipo de sistemas de gobierno. Alrededor de las democracias ricas en recursos, se detallan inversiones insuficientes, y las pocas que se hacen se personalizan en obras innecesarias e improductivas; se fomenta el soborno a los electores con dineros públicos, la malversación del erario y las elecciones se convierten en una burla al pueblo, pues la gran mayoría son ganadas por grupos políticos afectos a la corrupción.

Las rentas de los recursos propician regímenes autocráticos, dónde no hay controles al abuso del poder y se limita la libertad de prensa. Aquellos países que logran sustituirlos por sistemas democráticos, enfrentan poderosos incentivos para que diversos grupos compitan electoralmente, pero no para que establezcan controles políticos necesarios para el desarrollo económico.

La autocracia no genera condiciones propicias para el crecimiento porque la diversidad restringe la base de apoyo popular del autócrata; y la democracia, no basta por si sola para salvar la barrera del crecimiento que representa la autocracia, sino que simplemente la sustituye por un derroche más difuso de los recursos mediante el clientelismo.

En síntesis, países míseros de renta baja y rico en recursos naturales, bien sea que tengan un gobierno autocrático étnicamente diverso o una democracia inestable y momentánea, pueden desperdiciar sus oportunidades y no lograr crecer económicamente [fruto del síndrome holandés y la volatilidad de precios de las materias primas]. Fracasan porque despilfarran sin reato los ingresos que reciben a cambio de sus recursos.

Varios países del continente africano y de Asia Central también enfrentan problemas por carecer de una salida al mar, o en su defecto, si poseen alguna ínfima franja costera, sus habitantes viven lejos de ella.

La falta de salida al mar y el no disponer de vías de acceso a la costa les dificultan colocar en el mercado global cualquier producto que requiera mucho transporte, como es el caso de las manufacturas. Lo anterior, suponen más o menos un recorte de medio punto porcentual en la tasa de crecimiento.

De los mil millones de personas más pobres del mundo, trescientos ochenta millones viven en países sin salida al mar. Para el caso de África, el 30% de su población comparte el vivir en países sin litoral y faltos de riquezas naturales. En corolario, su crecimiento dependerá de sus vecinos, en la medida en que éstos no se encuentren afectados por guerras civiles y economías estancadas. La aleación de recursos escasos, falta de salida al mar y vecinos imprósperos económicamente, conduce a que esta clase de países no registre progreso alguno.

El promedio de crecimiento de un país cualquiera respecto al desarrollo económico de sus vecinos, posean o no salida al mar, es un 0.4%; para los países sin salida al mar es un 0.7%; y para las naciones africanas sin salida al mar es un 0.2%. Si recapitulamos, que África es un continente de crecimiento lento; aún sin los países más afortunados empezaran a crecer, los estados sin salida al mar no resultarían favorecidos.

Países identificados por su renta baja y sin salida al mar, puede acudir a la ayuda internacional para implementar estrategias que les permitan lograr tasas de crecimiento aceptables. Entre ellas cabe mencionar: (i) apoyar el desempeño económico de los vecinos, (ii) mejorar el acceso al mar, (iii) reducir las barreras comerciales, (iv) convertirse en un centro regional de servicios financiero, de Internet o de transporte aéreo, (v) maximizar las inversiones y remesas de los emigrantes, (vi) implementar políticas de desarrollo rural, y (vii) incentivar la inversión extranjera y la cooperación internacional.

El mal gobierno repercute en el crecimiento de los países más pobres del mundo. Un país plagado por la corrupción, con ciudadanos analfabetos y desinformados y políticas económicas deficientes, bien puede caracterizarse como un Estado fallido. De los mil millones de personas más pobres del mundo, más de setecientos cincuenta millones viven en países que en algún momento calificaron como Estado fallido. Como ejemplo, podemos citar a Liberia, Sudan, Somalia, Haití, Angola, la República Centroafricana y Zimbabue.

Estos países señalados por tener un gobierno y políticas incompetentes, pueden acogerse y lograr mejoras sostenidas [mínimo cinco años continuos] en cuanto su población sea numerosa, un alto porcentaje de esa población cuente con formación intelectual y capacidad crítica para impulsar cambios sociales y hayan concluido una reciente guerra civil; pues la posguerra es el escenario ideal para abandonar los viejos intereses e implantar grandes transformaciones.

La probabilidad para que un país inicie una reforma sostenida en cualquier año es del 1.6%. El tiempo previsto para que un Estado fallido agencie un cambio contundente es de 59 años; y el costo para sí mismo y sus vecinos alcanza la suma de cien mil millones de dólares.

Debemos agregar, que si la reforma en su fase inicial avanza hasta convertirse en un cambio sostenido, es debido a que el país mantiene una renta alta, una numerosa población y una proporción de ésta, posee formación académica. A contrario sensu, no tiene muchas posibilidades de surgir, si el jefe de un Estado ejerce el poder hace mucho tiempo, si el país cuenta con una favorable estructura comercial y acaba de salir de una guerra civil.

Concluyendo, los países que salen de un conflicto tienen más probabilidades de conquistar una virada sostenida, pero cualquier reforma incipiente tiene menos opciones de prosperar.

De los individuos que habitan en los países en condición de miseria, el 73% ha padecido guerras civiles, el 29% vive en países donde dominan las políticas de los recursos naturales, el 30% reside en países sin salida al mar, carente de recursos y con malos vecinos, y el 76% sufre la consecuencias de un mal gobierno y políticas económicas ineptas; capaz de generar un estancamiento de casi 60 años.

Algunos países pueden escapar de tales situaciones y converger con el mundo desarrollado, tal cual como en su momento lo hizo China, India y otros países asiáticos. Sin embargo, el continente africano, cuyas dos terceras partes de su población se alberga en países de renta baja, sin salida al mar y ricos en recursos naturales, coyunturas que no les concede diversificar sus exportaciones, no han podido insertarse en el mercado global debido que sólo dependen de la comercialización de sus recursos naturales, no cuentan con economías de aglomeración [interacciones entre compañías en el desempeño y el rendimiento económico y aprovechamiento de ventajas locales o naturales de la zona geográfica]; puesto que el proceso de deslocalización de la industria mundial no considero a estos países adecuados para instalarse.

Agréguese a lo precitado, que en los países miserables no existe la voluntad de introducir reformas económicas ni de finalizar los conflictos; en contraste aumenta la desconfianza de la sociedad para promover cambios económicos, sociales y políticos.

En las economías de las naciones pobres el capital público es escaso y hay déficit de inversión privada, lo que conlleva a la improductividad de la clase obrera y a lo bajos ingresos. De hecho, la única inversión privada, es aquella destinada a financiar la extracción de recursos naturales. Estos países no logran atraer al capital privado a razón que las economías son pequeñas y desconocidas por los inversores, la inversión resulta arriesgada y las mejoras políticas son endebles y ligeras, generando desconfianza e incredulidad en los inversionistas.

Habría que decir también, que en África se presenta fuga de capitales bien sea legal o ilícitamente, haciendo posible que las oportunidades de inversión sean mínimas porque el riesgo es elevado. Se estima que el 38% del capital privado de los países africanos se encuentra en el extranjero; tal situación los hace partícipe de la economía mundial.

Otra forma de integración global que admiten los pobres países, es la emigración de su capital humano que logra emplearse en el Estado receptor en desmedro del país expulsor; pues al exiliarse su personal cualificado reduce las posibilidades de apoyar la transformación de las estancadas y fracasadas naciones africanas.

Aunque durante los últimos cuatro años varios países africanos han empezado a crecer a causa del auge global de materias primas, no es menos cierto, que tardaran varias décadas para alcanzar el umbral de la renta media. Los azota permanentemente el fantasma de la renta baja, la ralentización del crecimiento, la guerra civil, golpes de Estado, mal gobierno y la riqueza de recursos naturales con ocasión de los descubiertos yacimientos de oro y gas.

Para alivianar la pobreza de ese mil millones de personas que coexisten en los países empobrecidos, se acude a la ayuda económica determinada en apoyo presupuestario, asistencia técnica [personal calificado y pagado por el donante a servicio del gobierno receptor] y alivio de la deuda, con el propósito de acelerar el proceso de crecimiento y sacarlos del estancamiento. En los últimos 30 años, la ayuda ha sumado aproximadamente un punto porcentual a la tasa de crecimiento anual a éstos países; no obstante deja de surtir efecto alguno, cuando llega al 16% de Producto Nacional Bruto.

La ayuda tiene la particularidad de afianzar diferencias políticas; por un lado la izquierda la considera como una indemnización por el colonialismo; y por parte de la derecha, se apunta a equiparar la ayuda con el parasitismo del Estado de bienestar. Asimismo, se ha burocratizado, pues los países miserables tienen una capacidad limitada para administrar sus propios presupuestos lo que conlleva a la imposición de medidas complejas [contables y fiscales] de los organismos donantes, las cuales por lo general, son ignoradas.

Como el apoyo presupuestario puede invertirse en lo que el gobierno de estos países desee y sin restricción alguna, generalmente, no los invierten bien y se desvía aproximadamente en un 11% a financiar el gasto militar. Se estima que el 40% del presupuesto militar de los países africanos es financiado involuntariamente por Europa. Dada su incapacidad de gestión, el dinero se vuelve ineficaz.

Los ingresos producidos por el petróleo y otros recursos naturales no han producido mayor rendimiento. En términos generales, a pesar de la burocracia, la ayuda ha sido más provechosa que el petróleo, pues ha estimulado el crecimiento mientras el petróleo lo ha frenado. De la misma manera, la ayuda propicia oportunidades de inversión privada en los países pobres logrando la reducción de la fuga de capitales.

La ayuda, comúnmente manejada por agencia de cooperación, debería enfocarse en sacar de la pobreza a la mayor cantidad de gente posible. Sin embargo, la ayuda se destina más hacia los países de renta media que a los países con renta baja. Las motivaciones, es que los primeros resultan más interesantes en términos comerciales y políticos, que aquellos identificados por sus precarias economías. Un reflejo de ello, es que las subvenciones otorgadas por la Comisión Europea se otorgan a los países de renta media, mientras que los préstamos del Banco Mundial son orientados a los países más pobres del mundo.

Debido a la asignación deliberada de la ayuda, ésta debe proyectarse por mínimo diez años con el propósito de aumentar el crecimiento hasta la renta media y reducir el riesgo de emprender un nuevo conflicto. Empero, la ayuda resulta siendo un aliciente para declarar un golpe de Estado, en virtud que estará disponible inmediatamente para el grupo de poder que depuso al gobierno.

Ahora bien, esta ayuda no resultará efectiva si persiste una pésima acción gubernamental y continúan desarrollándose políticas económicas deficientes; eventualidades normalmente acaecidas en los países pobres. Atendiendo a lo precitado, la ayuda a estos Estados debe priorizarse en proyectos de educación, medio ambiente, salud, infraestructura y vías de comunicación con la costa para los países que carecen de acceso al mar, reformas políticas teniendo en cuenta los logros alcanzados por el gobierno favorecido y cualificación de funcionarios públicos. Cualquier proyecto requerirá de una supervisión independiente que permita fiscalizar la inversión de los recursos.

Una cuarta parte de la ayuda se concede como asistencia técnica con la intención de contribuir a corregir el rumbo de los Estados fallidos. La pretensión es estar disponible cuando surja una oportunidad política para rápidamente aportar la experticia que ayude a mantener durante los dos primeros años el impulso de una reforma y la total ejecución de las mismas. Se calcula que la asistencia técnica equivale a mil millones de dólares en cuatro años, es decir los gobiernos beneficiarios anualmente perciben doscientos cincuenta millones de dólares. Estas cifras al contrastarse con el costo de un Estado fallido, representan un ahorro de quince mil millones de dólares, en el evento que un país en condición de pobreza disponga de asistencia técnica necesaria para posibilitar una propuesta de cambio.

Algunos Estados fallidos transitan por la anarquía generada por las guerras civiles y los golpes de Estado, que logra materializarse en la expansión de epidemias, drogas y terrorismo afectando la esfera mundial. En ese sentido, se hace necesaria una intervención militar que procure restaurar el orden en una nación en quiebra, supervisar la celebración de elección libres y transparentes, reestablecer y mantener la paz una vez concluido el conflicto. Mirándolo así, se calcula que los beneficios de una intervención posbélica equivalen a unas treinta veces superiores a su costo, es decir dos billones de dólares.

Es frecuente la tendencia que en una situación de posguerra, el nuevo gobierno aumente el presupuesto de defensa. Sin embargo, incrementar el gasto militar favorece que vuelva a estallar el conflicto. Esto último tiene fundamento en la desconfianza de los bandos rivales, la inequidad de los ejércitos durante el armisticio, el incumplimiento a los acuerdos de paz y el temor de los rebeldes a la represión.

Con respecto a los golpes de Estado, sucede igual circunstancia. Al ser consumados por militares, la advertencia de sublevación castrense a la estabilidad política de los países míseros es altamente riesgosa, por tanto, las posibilidades de incitar un golpe de Estado es mayor. Los gobiernos de las naciones pobres se ven amenazados y extorsionados por su propio ejército; en vista de ello, es necesario proporcionar una intervención militar extrajera que los prevenga.

El cumulo de problemas que afectan al continente africano requiere un reglamento para sociedades con un bajo nivel de desarrollo y normas internacionales que les permitan introducir cambios y mantenerlos. Respetar las normas internacionales de extracción de recursos, como la diseñada por la Iniciativa para la Transparencia en las Industrias Extractoras, es relevante para determinar el nivel de legitimidad en los ingresos que percibe el Estado por la explotación de los recursos naturales y el gasto público bien invertido en sus fronteras. Se busca que el dinero no sea colocado en el mercado global de valores [fuga de capital].

De igual manera, es indispensable una norma internacional que garantice mecanismos de control político [ejercidos por los medios de comunicación y la sociedad civil] y de financiación electoral, pues en los países míseros abunda el gasto excesivo en campañas electorales [en Nigeria ser elegido senador cuesta medio millón de dólares] y el clientelismo; ejemplificado en un soborno a los votantes de dinero, comida y ropa.
También se requiere una disposición para la fiscalización tributaria orientada a la autorización del gasto, informes de seguimiento del gasto y la distribución del gasto de acuerdo a los indicadores de eficacia y honradez. Asimismo, una ley posbélica que incluya directrices para que los donantes mantengan sus contribuciones durante la primera década de la posguerra y no sólo por los dos primeros años; que las fuerzas de seguridad internacional permanezcan un tiempo prudencial en el país en cuestión; que los gobiernos postguerreristas reduzcan su propio gasto militar, incluyan un estatuto de oposición, reglas presupuestales transparentes, comisiones de verdad y reconciliación, reformas electorales e instrumentos para solucionar los conflictos de propiedad. De colofón, es pertinente, un régimen legal que proteja la inversión extranjera en casos de confiscación y expropiación de activos; para ello, es prudente acudir al arbitraje internacional y a las pólizas de seguros.

Los países más pobres del mundo no cuentan con mercados de interés para el resto del mundo, manejan desde hace treinta años elevadas restricciones comerciales debido a su estancada y pequeña economía, no se fomenta la competencia y la actividad industrial es paupérrima. El proteccionismo comercial potencia la corrupción; específicamente el enriquecimiento ilícito y el soborno.

Liberalizar el mercado, diversificar las exportaciones en manufacturas y servicios que absorban mucha mano de obra, comerciar con los países ricos aprovechando la ventaja de la mano de obra barata, integración regional sin barreras comerciales y negociar con la Organización Mundial de Comercio una reducción unilateral y sin contrapartidas de las barreras comerciales levantadas contra las naciones miserables, serían algunas de las políticas comerciales que permitirían que estos países se introdujeran en nuevos mercados de exportación.

* Collier, P. (2010), El club de la miseria: “Que falla en los países más pobres del mundo”, Bogotá, Random House Mondadori S.A.

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